Voy a la deriva, sin mástil, sin velamen, sin motor. El viento y las corrientes arrastran mi velero y nada puedo hacer. La radio ha dejado de funcionar y apenas puedo orientarme con la salida y puesta del sol, y por las estrellas, cuando la noche está despejada. Al principio me obsesionaba conocer mi ubicación pero con el paso de los días, eso dejó de interesarme. Desde entonces, sólo pienso en sobrevivir, en recoger agua, en alimentarme recogiendo peces y camarones con una red improvisada.
Duermo mucho. Y cuando duermo visito a mis amigos y preparamos asados, salgo a cenar y como todo lo que me gusta: sushi, milanesas con puré, huevos fritos, bebo vino del más caro, tomo cervezas heladas. A veces hago el amor con mi novia. No me gusta cuando aparecen mis padres y me recriminan por querer dar la vuelta al mundo en velero, en solitario.
Despierto y quiero seguir soñando. Pero no puedo: tengo que ocuparme de recoger rocío, pescar, sacar el agua que inunda el bote... Miro el horizonte todo en derredor buscando una señal, un contorno de isla, la figura de un barco...
Anoto en la bitácora el día, el mes y el año. Y nada más.

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