Llovió tanto, pero tanto y tanto, que le cambiamos el nombre a nuestra ciudad: La Nueva Venecia. También dejamos de usar automóviles y autobuses y los reemplazamos por lanchas, botes y kayacs. Se pusieron de moda las botas de goma en colores fluor, los pilotines transparentes y se multiplicaron los diseños de paraguas. Habilitamos ciertas áreas como piscinas, que eran para el puro gozo de nuestros niños. Se incorporó natación como materia obligatoria en todos los niveles educativos, y se agregó como requisito laboral. El municipio contrató profesores de nado para que dieran clases gratuitas a los adultos. Algunos oficios dejaron de tener sentido, pero aparecieron nuevas ocupaciones.
Nos acostumbramos y nos gustó. Cuando del gobierno central informaron que realizarían obras de bombeo para extraer el agua y realizarían defensas para evitar nuevas inundaciones, todo el pueblo se opuso. Pero eso sí, a los que prometieron hacer esas obras hace muchos años, y no las hicieron, no los votamos nunca más.

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