
Hace veinticinco años encontré este sitio y lo convertí en mi hogar. Es un hotel aislado y de difícil acceso, amenazado por la contaminación, abandonado por sus dueños y que no atrae a turistas ni inversores.
La gente le teme a los fantasmas de los suicidas que se arrojaron del Salto de Tequendama y que han visto deambulando por el lugar.
Yo suelo cruzarme con algunos de ellos. El hotel es amplio y no nos molestamos los unos a los otros. No somos almas en pena. La pasamos bien.
Hasta hacemos bromas sobre nuestros saltos del Salto.
Muy bueno. Me retrotrajo a otros cuentos de fantasmas, tema siempre bienvenido para quienes cultivamos la microficción. Abrazo.
ResponderEliminarGracias Antonio, no es un subgénero en el que incursione habitualmente, pero esto de escribir sobre noticias me lleva a terrenos inexplorados.
Eliminar