
Seleccionamos los óvulos y espermatozoides óptimos. Los modificamos genéticamente. Realizamos los cruzamientos apropiados y le encontramos el
vientre adecuado a cada embrión.
Delegamos la crianza y educación de los bebés en computadoras de última
generación y programas de amplio espectro.
No comprendemos por qué, a medida que crecen, aman más a las máquinas
que a los humanos que los creamos.