
Al principio
éramos pocos y nuestra ciudad, pequeña. Tan diminuta como lo éramos nosotros,
sus habitantes.
Empresa
capitalista, parque temático, democracia, reino o imperio, éramos una
curiosidad cuestionada, sin embargo fuimos capaces de organizarnos repartiendo
tareas y funciones, cada cual según su capacidad y su agrado. Aprovechamos las
habilidades personales, usufructuamos con inteligencia los avances tecnológicos
y adaptamos la arquitectura a nuestra estatura liliputiense. Nos divertíamos
haciendo reír a los turistas y les cobrábamos por ello, y luego al terminar la
función, hacíamos nuestra vida social, familiar y de estudios, manteniendo
entre todos la ciudad limpia y ordenada. Producíamos nuestros propios vegetales
y hortalizas, y comprábamos lo que no cultivábamos. Vendíamos nuestro arte y
artesanías. Más allá de las modas, nos vestíamos con absoluta libertad de hada
o de caballero, de duende o de músico pop, de monje budista o de príncipe.
Con el paso
de los años, comenzamos a extendernos.
Llegaba
gente pequeña de otros países, alentada por la posibilidad de vivir una vida
cómoda, entre pares, lejos de la discriminación y los malos trabajos peor
pagados.
Nos
expandimos. Generábamos recursos suficientes para ello. Evolucionamos social y
políticamente.
Eso fue hace
muchos siglos. La metamorfosis orgánica de la especie humana se fue dando de
manera lenta y llegó el momento en que superamos en número a la gente alta, en
consecuencia nuestras ciudades tejieron tramas de alianzas, se convirtieron en
estados y los estados se asociaron entre sí en paz y armonía.
La gente alta
sobreviviente, dispersa en el planeta, tendió a agruparse y a medida que eran
menos y menos, se concentraron en pequeñas ciudades. Algunas pocas aún
perduran, pero creemos que terminarán reuniéndose en sólo una, hasta, tal vez,
desaparecer. Y con ellos se
esfumarán para siempre la discriminación, la explotación y las guerras de la
faz de la Tierra.
