
El mundo antes de la Explosión de Color tenía sólo dos
variantes cromáticas: grises y sepias. Los nombres y variedades de la paleta de
colores provenían de la fabulosa imaginación de escritores y pintores. En
alguna fecha imprecisa, creíamos, un fenómeno de origen divino, había provocado
una combinación de cualidades atmosféricas y mutaciones genéticas, generado la detonación
manifiesta de la casi infinita variedad de matices y tonos y,
correlativamente, la capacidad perceptiva de los humanos.
Esto, para nosotros, era una “verdad revelada” de la que no
dudábamos. Las fotografías "de época" anteriores a la coloración
universal, eran fiel testimonio de nuestra aseveración. Nuestros sacerdotes
eran los herederos y portadores del espectro electromagnético y los
fotorreceptores. Poseían la luz.
Hasta que aparecieron unos revisionistas herejes,
hablando de ciertos escritos apócrifos e imágenes que habían permanecido ocultas
en las oscuras cavernas debajo de las Bibliotecas del Único Saber, y
proclamando que eso era una gran patraña, que todos los colores habían
existido desde el principio de los tiempos.
Debo reconocer que yo mismo fui uno de los que persiguieron
y quemaron a los detractores.
Hace unos días han llegado a mis manos las fotografías
de Sergey Prokudin-Gorsky y de Mervyn O’Gorman tomadas alrededor del 1900, las
cuales demuestran que lo que hemos sostenido durante cientos y cientos de años es
una falsedad: en aquellos lejanísimos tiempos el color existía en el mundo. Las
pruebas hechas a dichas imágenes señalan que son originales y sin trucos.
Ahora que lo sé, me veo en la necesidad de sumarme a los
nuevos profetas que se llaman a sí mismos “Científicos de la luz”. No puedo
dejar de preguntarme cuáles serían las razones o motivos que llevaron a
nuestros sacerdotes a sostener semejante mentira, aunque el hecho de ser
quienes controlan todos los hilos del poder me hace pensar que puede ser una
miserable explicación basada en el egoísmo, la avaricia y la soberbia.
Ya no sabrán de mí por mi nombre, a partir de hoy, paso a la
clandestinidad.

Carta hallada por unos viajeros del espacio en un cofre bajo siete llaves
en las oscuras entrañas de la Biblioteca del Unico Saber cuyos estantes no contenían ningún libro.