Mientras limpia el polvo de la repisa se pregunta
si hay una versión mejorada de sí misma, viviendo una vida paralela más gloriosa
que jamás hará intersección con la propia. ¿O la habrá antecedido y ella es, apenas, la mutación
deforme de una perfección antigua? Tal vez en el futuro un ser parecido y diferente enmendará
sus errores y defectos, y ella es, también, un eslabón evolutivo que ha corregido
las falencias de aquellas otras que la precedieron centenas o milenios.
Coloca en la repisa las fotos de las bisabuelas,
las abuelas, la madre, las hijas y las nietas y no puede evitar, sin embargo,
sentirse la menos favorecida en vivencias y dones.
Luego barre los pisos, olvida la genética y
reflexiona acerca de las dimensiones del universo en comparación con esas motas
de polvo que se empecinan en permanecer y vuelan de aquí para allá, “Polvo de
estrellas”, piensa, y recuerda que de niña soñaba ser astronauta.
Recoge unas revistas viejas y duda si guardarlas o
deshacerse de ellas. Mientras las hojea sopesa las alternativas: acomodarlas en
un estante de la biblioteca, hacer un paquete y donarlas a un hospital para los
internados, llevarlas a una sala de espera, arrojarlas a la basura, prenderlas
fuego. Le vienen a la mente un árbol, un bosque, los incendios, el cambio
climático, la erosión, los negocios inmobiliarios, las mineras. Deja las
revistas sobre la mesa.
Aún le falta higienizar el baño y preparar el
almuerzo. Realiza el cálculo de comensales a la mesa, los ingredientes
existentes, menú vegano, menú vegetariano, porciones necesarias para satisfacer cada
estómago, ecuación de costos de acuerdo al presupuesto y horario al que debe
estar servida la comida. “Mejor me apresuro” se dice. Cuando bate un huevo aún le queda tiempo para
filosofar sobre el origen.
“Qué lindo ver a toda la familia reunida, los
domingos”, se extasía ante la mesa bulliciosa. Todos conversan,
interrumpiéndose los unos a los otros, algarabía y risas.
Ella, calladita y servicial, como siempre.
Quisiera comentarles lo último que escuchó sobre experimentos contra el cáncer de mama, prefiere incomodarlos con ese tema. Pero se siente feliz...
Mientras limpia
el polvo de la repisa se pregunta si hay una versión mejorada de sí misma,
viviendo una vida paralela más gloriosa que jamás hará intersección con la
propia. ¿O la habrá antecedido y ella es, apenas, la mutación deforme de una
perfección antigua? Tal vez en el futuro un ser parecido y diferente enmendará
sus errores y defectos, y ella es, también, un eslabón evolutivo que ha
corregido las falencias de quienes la precedieron centenas o milenios.
Coloca en la
repisa las fotos de bisabuelas, abuelas, la madre, las hijas y las nietas y no
puede evitar sentirse la menos favorecida en vivencias y dones.
Al barrer los
pisos olvida la genética y reflexiona acerca de las dimensiones del universo en
comparación con esas motas de polvo empecinadas en permanecer volando de aquí
para allá, “Polvo de estrellas”, piensa, recordando que de niña soñaba ser
astronauta.
Recoge unas
revistas viejas y duda si guardarlas o deshacerse de ellas. Sopesa las
alternativas: acomodarlas en un estante de la biblioteca, donarlas a un
hospital para los internados, llevarlas a una sala de espera, arrojarlas a la
basura, prenderlas fuego. Vienen a su mente un árbol, un bosque, incendios, el
cambio climático, la erosión, los negocios inmobiliarios, las mineras. Deja las
revistas sobre la mesa.
Aún le falta
higienizar el baño y preparar el almuerzo. Realiza el cálculo de comensales a
la mesa, los ingredientes existentes, los gustos de cada uno, porciones, ecuación
de costos de acuerdo al presupuesto y horarios. “Mejor me apresuro” se dice.
Cuando bate un huevo aún le queda tiempo para filosofar sobre el origen.
“Qué lindos los
domingos, toda la familia reunida”, se extasía ante la mesa bulliciosa. Todos
conversan, interrumpiéndose los unos a los otros.
Quisiera
comentarles sobre los avances contra el cáncer de mama. Decide no incomodarlos
con el tema. Pero se siente esperanzada.