Carlitos estaba cansado de ser un trabajador golondrina, sin nido ni árbol fijo, y sin siquiera un cielo en el que desplegar sus alas. "Hay que buscar nuevos horizontes", le dijo un compadre en la zafra. Había cosechado fruta, limpiado corrales, ayudado en las cosechas, siempre rodeado del circulo infinito del planeta, amaneciendo en el este, atardeciendo en el oeste, el sol cortando el espacio con su tajo que brotaba sudor en las espaldas y los sobacos, quemando la piel hasta convertirla en cuero duro y oscuro. "Como serán los horizontes nuevos?", se pregunta Carlitos. Conoce la línea plana, la sierra quebradiza, los perfiles recortados de la cordillera, la orilla arena barranco, el estero y el desierto.
Se toma un colectivo y llega al final de la autopista, donde las ciudad convierte el pasto en cemento, los arboles en edificios y las golondrinas, en palomas. Cuadrados, rectángulos, cubos, geométricas formas se acumulan en desorden, ruidos, vehículos, gente, gente, gente...
Los nuevos horizontes no le dejan ver amanecer ni atardecer.
El nido es una habitación miserable en un pensionado.
Los brazos fuertes se le atrofian mendigando una moneda y al final del día, la tripa chilla y la congoja de la ausencia de espacio abierto le moja las mejillas.
Se detiene en medio de las vías, para poder mirar a lo lejos el sol al ocultarse.
Como una golondrina herida, tropieza en el andén, justo cuando pasa el tren.
