
Él sabía la respuesta correcta, estaba tan seguro de ella como de que se llamaba Salomón.
Todos los demás sujetos interrogados estaban errados. Esta vez eran trescientos cuarenta y nueve personas equivocadas en la sala. En otros casos y circunstancias, habían sido diez; en otros miles, y en un par de casos muy graves que recuerda patente, millones.
Pero no estaba dispuesto a ser señalado, ridiculizado, atacado o marginado, ni a ser tratado como loco, anómalo, rebelde, disconforme, revolucionario, reaccionario, desestabilizador, provocador, estúpido, ignorante, envidioso o, incluso, antidemocrático.
Entonces, aseveró repitiendo lo mismo que decía el 99%.
Aplausos, palmadas mutuas en la espalda, aprobado para todos y chin chin chinchulín. Uno más con el cardumen.
Suspiró aliviado. Al menos en esta ocasión no había surgido otro tarado diciendo lo mismo que él pensaba y callaba, poníendo en jaque su conciencia.