
Cuando yo era pequeño tenía un caballo larguísimo, amarillo y sin patas.
Disfrutaba mucho trepado sobre su lomo, que se deslizaba escurriéndose entre mis piernas. Pero lograba agarrarme abrazándolo con todas mis fuerzas y así recorríamos la casa. Éramos inseparables.
Mis papás no me dejaban salir con él al patio. Yo creo que tenían miedo de que nos alejáramos y no supiéramos regresar.
A mí me gustaba pensar que si atravesábamos la puerta y nos íbamos al parque, le crecerían alas y patas y echaría fuego por la boca. Por eso yo lo llamaba Dragón, aunque ellos le decían "Coco"; a mí ese me parecía un nombre muy tonto.
Un día me levanté y ya no estaba. Me dijeron que lo habían venido a buscar y lo habían llevado a un lugar donde había otros como él y que quizás un día podríamos visitarlo. Me sorprendí, porque yo creía que mi Dragón era único en el mundo. Eso me puso triste y me enojó. No quise ir a verlo a su nueva casa, porque, además, se había ido sin despedirse, sin darme un abrazo de esos fuertes fuertes que sabía darme.
Cuando comencé a ir al Jardín de Infantes y conté de mi Dragón, no me creyeron. Se rieron de mí.
Por eso desde que empecé la primaria ya no hablo más de él y trato de olvidarlo.
Tengo muchos conejos ahora y me encanta hacerlos aparecer y desaparecer en una galera; pero ya aprendí: no le cuento nada a nadie. Ni a mis papás.