
Un árbol. Plantaremos un árbol.
Es absurdo, dijo el burócrata, detrás de su escritorio.
Pero ellos insistieron, querían un pedacito de tierra.
Es imposible, dijeron los médicos de todos los hospitales.
Nos complementaremos y haremos de los dos, uno, aseguraron ellos.
No van a poder, murmuraron los vecinos y vecinas, en corrillo, reunidos en la plaza del pueblo, cuando los vieron partir, con una pala y un esqueje.
No lo lograrán, consideraron los opinólogos, que nunca faltan, que siempre sobran, dispuestos al escarnio y a la burla.
No doy un céntimo por ellos, murmuró el apostador, que jamás se perdía una tómbola.
Un árbol. Plantaremos un árbol, se dijeron, y sonreían.
Y como Jia Haixia no podía verlo, Jia Wenqi se rió fuerte. Entonces, Jia Haixia extendió su mano y le palmeó los hombros huecos, sin brazos.
Un árbol. Un día. Una pala. Un esqueje.
Estaban conformes, pero no satisfechos.
Plantemos otro, se propusieron.
Y hubo días de un árbol, y días de cinco árboles.
Los primeros, ya crecidos, ofrendaban sus retoños.
Fue así, lo absurdo, lo imposible, brotaba y se reproducía.
Diez años, diez mil árboles, dos hombres.
Uno sin ojos, otro sin brazos; conciencia, corazón y paciencia en superabundancia.
Y sucedió que la devastada Yeli, al nordeste de China,
en una década, se transformó de desierto, en bosque.
Cuenta la leyenda que sólo la carencia estimula el esfuerzo,
y que no hay bosque sin árbol, ni árbol sin semilla,
todo comienza por el principio,
del no al sí.