Para entrar a mi cuarto tengo que pasar por encima del escritorio, evitando la computadora y las pilas de libros. Para acceder a la oficina, atravieso una serie de obstáculos: la bicicleta fija, la máquina de coser, el equipo de esquiar. Ir al baño requiere saltear una pila de maletas y bolsos, juguetes y macetas. Pasar a la cocina es muy engorroso, porque tengo que atravesar un laberinto de muebles desvencijados, pilas de ropa vieja que ya no me cabe, zapatos viejos. No puedo salir al patio desde hace tiempo, porque la puerta está obstruida con rezagos de construcción, bolsas de cemento abiertas, cajas de cerámicos, tarros de pintura.
No recuerdo dónde está el espejo, así que no he visto mi imagen de cuerpo entero, en años. Quizás ni siquiera podría reconocerme.
Hay telarañas en mi cabello. Mi cuerpo hiede, lo sé, porque los vecinos se quejan de mí, a los gritos. Trabajo on line y todos los trámites los hago de esa manera, así que no necesito salir a la calle. Tampoco podría, porque no recuerdo dónde está la puerta. Cuando me traen comida, la recojo desde la ventana de la cocina, que da a la calle.
No es una mala vida, si es que puede llamarse vida, claro.






































