
–Cinco pisos, ciento treinta y nueve celdas, rejas y cadenas
para recluir y separar a los enfermos mentales de los humanos normales y sanos –relata
el guía.
Segregación, estigmatización y criminalización, pienso.
–¿Sabía que Narrenturm tenía un pararrayos en el tejado
porque los locos internados requerían grandes dosis de descargas eléctricas
para sus tratamientos? Pocos conocen ese dato –comenta el guía.
Segregación, estigmatización y criminalización, pienso.
Narrenturm. Nadie puede visitar Narrenturm sin conmoverse.
Era un hospicio. Se recicló como museo.
Como un autómata, recorro las vitrinas llenas de
deformidades, frascos con seres extraños pseudohumanos, esqueletos retorcidos,
pústulas conservadas en formol, tripas con cánceres, cadáveres abiertos, trozos
de cuerpos, pedazos de rostros, cráneos gigantes, pinturas que retratan
horrores, fotografías y reproducciones de cera de vulvas mostruosas, penes
abominables, bebés cuasiextraterrestres.
–Cincuenta mil objetos –menciona el guía– ahora es el museo
patológico más grande y más antiguo del mundo –agrega.
Me pregunto si Lovecraft habrá conocido este lugar.
Ya no puedo dormir. Ya no puedo vivir.
Los fantasmas de los pobres trastornados, encadenados en sus celdas, atravesados por los rayos, sacudiéndose en
alaridos y clamando piedad, me atormentan.
Referencias
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