Tal como lo decían los científicos, había seis individuos idénticos a mí. Los hice traer a mi presencia y nos reunimos en un lugar ignoto. Les comuniqué mi plan y la imperiosa necesidad de que el mismo fuera absolutamente en secreto. Uno de ellos se negó a ser parte, por lo que me vi obligado, delante de los otros cinco, a pegarle un tiro (no mortal). Con eso, quedo claro la seriedad de mi propuesta. Al allanarse, no debí modificar la periodicidad del proyecto de alternancia: solo habíamos siete iguales en el planeta por persona.
La cuestión era simple: 7 x 7 = 49. Teníamos 31 años y una expectativa de vida de 80.
Pasaríamos a sorteo y cada uno de nosotros viviría por seis años una vida (la de otro de nosotros) y, concluido ese lapso, nos reuniríamos otra vez sin que nadie lo supiera; volveríamos a sortear, y cambiaríamos de lugares. No deberían repetirse los papeles y en caso de que alguno sufriera muerte prematura los periodos se reducirían a intercambios por 6 años y así sucesivamente. Si alguno pretendiera permanecer en un rol o evadirse, seria eliminado y se decidiría respecto de la conservación o no de su personalidad, en caso afirmativo, uno de nosotros ocuparía el rol por el tiempo restante y un lugar dejado seria sustituido su cadáver.
Consideré que era la única manera de vivir varias vidas en una sola existencia. Todos estuvieron de acuerdo, firmamos el contrato y comenzamos de inmediato a estudiar los datos imprescindibles para este apasionante juego de roles.
