
Hace veinticinco años encontré este sitio y lo convertí en mi hogar. Es un hotel aislado y de difícil acceso, amenazado por la contaminación, abandonado por sus dueños y que no atrae a turistas ni inversores.
La gente le teme a los fantasmas de los suicidas que se arrojaron del Salto de Tequendama y que han visto deambulando por el lugar.
Yo suelo cruzarme con algunos de ellos. El hotel es amplio y no nos molestamos los unos a los otros. No somos almas en pena. La pasamos bien.
Hasta hacemos bromas sobre nuestros saltos del Salto.