
Al atribulado empleado del Museo de El Cairo le crece la barbilla: un zocotroco duro, brillante, vuelve prominente el extremo de la pera.
No hay manera de esconderlo.
Lo sabe, es la maldición. La maldición de Tutankamón. Le sucederá como a Carter.
-¡Pero cumplí órdenes! Me dijeron: "La rompiste, la arreglás" Y agarré lo primero que encontré, un tubo de Epoxi y listo. Ni se notaba -se lamenta, mientras mira al espejo sus facciones deformadas.
Días después, la excrecencia tubular, azul y dorada, no deja ninguna duda respecto de quién fue el responsable del accidente y la burda reparación.
Una vez que todo su rostro y su pecho se han cubierto de una capa de oro con incrustaciones de vidrio azul y piedras semipreciosas, que sus ojos se trocan cuarzo y obsidiana, delineados con lapislázuli, le cortan la cabeza y sustituyen el original por la perfecta copia.
Imposible notar la diferencia, salvo por el piercing en su ceja izquierda.