sábado, 4 de abril de 2015

093 - LA LLUVIA


El primer día fue fresco,
la llovizna asentó el polvo de meses de sequía
y los pulmones se hinchaban
oliendo la tierra que abría
sus entrañas.

El segundo día fue el fastidio
de la ropa húmeda,
los pies mojados,
la calle intransitable y el ruido
de las gotas en las chapas.

El tercer día, la tristeza
le ganó la partida.
Aislado entre paredes,
incomunicado con el mundo,
la extrañó como nunca
a pesar de jamás haberla conocido.

Al cuarto, tuvo miedo.
La calle era un río
de barro tumultuoso
arrastrando objetos, cadáveres,
y todas las culpas de los otros.

Al quinto día, el hambre
se sentó a la mesa
y en la soledad absoluta
tropezó con memorias
y descuidos.

Al sexto día, llovía
y él lloraba.
Lloraba con un llanto de tormenta.
Lloraba con gritos como truenos.
Lloraba sin testimoniales cámaras.
Lloraba diluvios.

Al séptimo día,
cansado de esperar socorro,
abrió la puerta,
miró hacia arriba la lluvia inconsolable.
Se atrevió a la calle
hundiéndose en el fango
y golpeó la puerta de la vecina,
la sin nombre, la de al lado.

La octava noche
los encontró durmiendo
en un lecho de abrazos
bajo un techo de estrellas.

Salió el sol.