
A medida que las Impresoras 3D fueron siendo más accesibles e invadieron el mercado, los usuarios de las mismas pasaron de miles a millones. Se multiplicaron geométricamente los objetos diseñados por principiantes y experimentadores para las más variadas aplicaciones útiles e inútiles.
Y entonces a alguien se le ocurrió construir un reservorio donde depositar los prototipos fallidos en un lugar digno.
Cuando el reservorio adquirió dimensiones planetarias, debimos mudarnos a la luna, donde, precautoriamente, se prohibieron las impresoras.