Acostumbrados estaban los árboles a su desnudez, a lucir sus cáscaras ocres, oscuras o pálidas, de texturas diversas. Con solo eso, eran felices y no necesitaban nada para diferenciarse entre individuos.
Cuando comenzaron a vestirlos con coloridos tejidos, no imaginaron las consecuencias.
Pronto empezaron los inconvenientes y se multiplicaron los casos de exhibicionismo, vanidad, la vergueza por la carencia de ropajes y la discriminación hacia los de escasos y malhechos vestidos.
Las ramas de algunos se estiraban para tratar de romper y robar las prendas de árboles vecinos, otros atacaban con sus raíces de manera artera, y hasta se reportaron casos de homicidios y de suicidios.
Con el tiempo, se organizaron y se volvieron tiranos, obligando a los humanos a cultivar, hilar y tejer para ellos cada vez más complejos trajes y otros accesorios.
