El lagarto se desplaza voluptuoso y lento por la vegetación exuberante, inhala y exhala su eterno presente, huele orinas y materias fecales que le despiertan el apetito. Se acerca a la orilla del río y bebe.
Son los tiempos sin tiempo, cuando no existen palabras para nombrar los días ni contar los años, cuando a ningún ser vivo le interesa la razón de su existencia ni se preocupa por fenómenos de extinción. Quizás son capaces de anticipar las lluvias, o de regular sus desplazamientos conforme al clima. Saben dónde buscar agua, distinguir a una presa de un depredador, se procrean por instinto. Tal vez forman familia o vínculos entre pares.
Shakajlura riojanensis ignora que más de 237 millones de años después de esa tarde seres humanos rescatarán sus huesos fosilizados de un territorio al que llamaron Pangea y lo clasificarán con ese nombre, diciendo que fue un feroz carnívoro, un paracrocodylomorpha antecesor de los dinosaurios.
Muere de viejo o lo atrapa el barro, lo mata otro macho o se desbarranca, se enferma o se lastima y las bacterias lo envenenan. Sus restos contarán apenas un fragmento de su historia.