Cuatro veces al año llegan los grupos de voluntarios a la aldea. Hablan idiomas que los locales no entienden, visten ropas inapropiadas para el clima, se alojan en tiendas de campaña, se alimentan de comida envasada.
El programa del voluntariado es muy atractivo: combina turismo con tareas humanitarias. Realizan una experiencia transformadora para sus vidas privilegiadas. Como no tienen conocimientos de construcción, o para realizar pozos de agua, o de cultivos, necesitan ser asesorados y supervisados, incluso por los mismos miembros de la comunidad.
Hacen "gratis" tareas para las que pagaron una prima y sustituyen la posibilidad de trabajo remunerado para los habitantes del lugar. Se van con saberes ancestrales, dejan un vacío y una sensación de inferioridad en quienes los reciben sin haberlos convocado.
Cuatro veces al año, los voluntarios regresan a sus países luego de haber gastado una considerable suma de dinero que podría haber servido de veras para satisfacer necesidades de los pobladores de la aldea, que ha perdido recursos naturales por la tala de bosques y la caza furtiva.
Las cabañas que hacen son calurosas, los filtros de los pozos no tienen repuestos, los niños rechazan usar sus vestimentas tradicionales y sandalias de cuero y reclaman camisetas de fútbol y zapatillas coloridas. Preguntan si vendrá Santa Claus y cuándo va a nevar. Una madre llora: su pequeño le ha dicho que quiere que lo adopten y lo lleven a vivir lejos de allí, donde hay edificios, automóviles, cines y pop corn. Ella es muy joven y duda. No sabe si también quiere irse o preferiría que los voluntarios nunca hubieran ido, o dejaran de ir...
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