miércoles, 8 de julio de 2026

185 - MÍMESIS

Elegí retirarme a una posada sin señal de wifi, alejada de los centros urbanos, que ni siquiera figura en los mapas. El contacto telefónico me lo había pasado un amigo advirtiéndome que no había otra manera de comunicarse allí, que esa. La construcción estaba incrustada en un paisaje desolado y se asemejaba más a un austero mojón de cemento que a una cabaña de ensueño vacacional. La dueña, de piel color tierra y rugosa, se mimetizaba con el entorno y su voz susurraba como el viento entre los matorrales bajos.

El tiempo mismo tenía una dimensión confusa. Había decidido no utilizar reloj y guiarme con la salida y puesta del sol. Desde la primera noche percibí que el silencio era un habitante omnisciente cuya consistencia densa abrazaba y contenía mi desazón. Podía oír mi respiración, los latidos de mi corazón y hasta el fluir palpitante de la carótida. Nunca me había sentido tan yo, tan conmigo mismo, tan existente.

Ella preparaba desayuno, almuerzo, merienda y cena. Nos sentábamos uno frente a otro, intercambiando apenas algunos comentarios sobre el clima o la comida. Nunca me preguntó por qué había elegido pasar allí tres meses y tampoco indagó sobre la razón por la que decidí prolongar mi estadía. Le pagué por anticipado en efectivo, como  lo solicitó. "No uso bancos y en el pueblo usan billetes", había dicho en nuestra conversación telefónica.

Las jornadas transcurrían sin alteraciones. Construí una rutina sencilla que consistía en una larga caminata diaria, alternando ir hacia el sur y hacia el norte, por la playa, e internarme en la meseta recorriendo cañadones erosionados hasta llegar a la mayor altura. Desde allí, podía observar el horizonte circular e imaginarme flotando en un disco mitad tierra, mitad mar.

El año terminó y seguí quedándome. No hallé motivo alguno para regresar a mi antigua vida. Con el paso del tiempo y las estaciones, mi piel se volvió terrosa, mi vocabulario se redujo a lo imprescindible, aprendí a cortar leña y otros menesteres cotidianos. Nadie más vino a alojarse. Sin hablar, una noche cualquiera al terminar la cena fui con ella hasta su cuarto. Desde entonces disfruto escuchar la música rítmica, monótona, de nuestros latidos y me duermo acompasando con la de ella mi respiración.

 

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