Mi profesión no se destaca entre las más valoradas, ni existe en la nómina de las universidades. Incluso muchos de mis colegas se averguenzan y prefieren no mencionar cuál es su ocupación. Sucede lo mismo con los recolectores de residuos o quienes se dedican al destape de desagotes cloacales en las grandes ciudades.
Yo estoy orgulloso de mi tarea y me gustaría que la población supiera cuánta preparación se necesita para poder realizarla, y fueran conscientes de que la vida de los habitantes del planeta depende de nuestra eficiencia.
La basura espacial se ha convertido es un fenómeno peligroso. Son millones de toneladas de metales, combustibles y otros desechos provenientes de naves, estaciones espaciales, satélites e incluso, proyectiles militares. Si no los recogemos y procesamos, más temprano que tarde caerán al mar, o a la tierra, contaminando y destruyendo.
Pero por un acuerdo internacional firmado por los gobiernos de todos los países, incluso los que son enemigos entre sí, esta realidad se oculta y tenemos prohibido dar a conocer el volumen y riesgo de los residuos que están suspendidos y giran en la atmósfera y, si no fuera por nosotros, caerían.
Cada tanto alguno se nos escabulle y rasga el cielo como un meteoro, o termina en una playa, un campo o el patio de una vivienda. Entonces se desata una caza de brujas buscando al responsable del error, previendo pueda ser un boicot deliberado. Es aterrador.