
"Comprate una vida" me dijo mi novia, el día que decidió dejar de serlo. Pero las vidas son muy caras. Mi empleo de cartero paga poco.
Entonces fue cuando decidí quedarme con las cartas. Repartía algunas, para disimular, y no repartía el resto.
Cada mañana abría algunas al azar. Me enfadaba con los resúmenes de las tarjetas de crédito, me alegraba con las postales que venían de países lejanos, con gran emoción leía cartas de amor y me apesadumbraba con noticias de muertes y enfermedades.
Por las noches me sentaba en el sillón, ponía música y servía un vino, mientras desentrañaba esa maraña de vínculos. Confieso que la tentación por responder alguna correspondencia se hizo insoportable, así fue como descubrí que era capaz de los más sublimes sentimientos y de las peores reacciones. Empecé a intercambiar misivas con algunas mujeres, desencantando a unas, y enamorando a otras con imaginarias promesas y también, insultando a bancos y contrayendo deudas impagables.
Mi vida se volvió divertida, interesante, intensa, compleja y complicada a la vez.
"Ella se lo perdió", me dije. Aunque más bien creo que fue gracias a su abandono que ahora no sólo tengo una vida, sino muchas, muchas, muchas...
Me encanta la propuesta. Coincide mucho con mi gusto literario. Voy a linkearte.
ResponderEliminarTe invito a dar una vuelta por http://2centenas.blogspot.com.ar/
Gracias, pasaré por allí.
Eliminar