jueves, 14 de mayo de 2015

130 - DIOS, ¿ESCUCHA?

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Cuando Emanuel Ortega escribió esto hace casi tres años, jamás pudo imaginar que se haría realidad. 
Mi madre me decía "Debes tener cuidado con lo que pides, porque te será concedido" y, haciéndole eco, mi abuela recalcaba "Dios hace milagros, si tienes fe". 
Con el paso del tiempo, comprendí que Dios hace milagros, pero como la vida moderna es tan compleja, para poder ejecutarlos y que pase desapercibido, debe apelar a extrañas estratagemas. Pero quien ha pedido, se da cuenta de que cumplió, y ya es tarde para arrepentirse si para obtener lo deseado, perdimos en otro aspecto.
Por ejemplo, nada era más importante para mí que dejar de trabajar. Tenía un empleo espantoso, agobiante, lo vivía como una carga física y mental y no había jornada que no terminara quejándome y reclamando a Dios y rogando que semejante castigo terminara.
Ya no trabajo. Un accidente me postró en esta cama y ya no siento nada de nada, mi cuerpo está inerte e insensible. Vivo de una pensión por invalidez y sólo agradezco que cuando ese tren me atropelló ya mi madre y mi abuela, estaban en el Cielo. Al menos por unos años, no tendré que escucharlas diciendome "¡Te lo dijimos!". 


3 comentarios:

  1. Prácticamente una profecía autocumplida lo del futbolista (brrrr, el solo hecho ya de leer lo que puso en el FB pone la piel de gallina). Salvando las vitales diferencias (recalco "vitales"), muy bien hecha la metaforización a través del micro.

    Cariños,
    Mariángeles

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  2. Gracias Mariángeles. Hay que tener cuidado con lo que se desea...

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  3. Publicado en Lluvia de arañas, Macedonia Ediciones, Argentina, 2016, página 58.

    DIOS, ¿ESCUCHA?

    Mi abuela sentenciaba "Debes tener cuidado con lo que pides, porque te será concedido" y, haciéndose eco, mi madre recalcaba "Dios hace milagros, si tienes fe".
    Tenían razón. Dios hace prodigios pero para poder ejecutarlos debe apelar a extravagantes estratagemas. Ya es tarde para arrepentirse si, para obtener lo deseado, ha perdido uno algo valioso a cambio.
    Por ejemplo, yo tenía un empleo espantoso, agobiante, lo vivía como una carga física y mental y no había jornada en la cual no terminara quejándome y reclamando a Dios y rogando el fin de semejante tortura. No quería trabajar más.
    Fui oído y mi deseo, concedido. Un accidente me postró en esta cama y ya no siento nada de nada: mi cuerpo está inerte. Vivo de una pensión por invalidez y sólo agradezco que, cuando ese tren me atropelló, ya mi madre y mi abuela estaban en el Cielo. Al menos por unos años no las escucharé reprochándome: "¡Te lo dijimos!".

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