viernes, 9 de enero de 2015

009 - EL ESCALOFRIANTE HORROR DE NARRENTURM


–Cinco pisos, ciento treinta y nueve celdas, rejas y cadenas para recluir y separar a los enfermos mentales de los humanos normales y sanos –relata el guía.
Segregación, estigmatización y criminalización, pienso.
–¿Sabía que Narrenturm tenía un pararrayos en el tejado porque los locos internados requerían grandes dosis de descargas eléctricas para sus tratamientos? Pocos conocen ese dato –comenta el guía.
Segregación, estigmatización y criminalización, pienso.

Narrenturm. Nadie puede visitar Narrenturm sin conmoverse.

Era un hospicio. Se recicló como museo.
Como un autómata, recorro las vitrinas llenas de deformidades, frascos con seres extraños pseudohumanos, esqueletos retorcidos, pústulas conservadas en formol, tripas con cánceres, cadáveres abiertos, trozos de cuerpos, pedazos de rostros, cráneos gigantes, pinturas que retratan horrores, fotografías y reproducciones de cera de vulvas mostruosas, penes abominables, bebés cuasiextraterrestres.
–Cincuenta mil objetos –menciona el guía– ahora es el museo patológico más grande y más antiguo del mundo –agrega.
Me pregunto si Lovecraft habrá conocido este lugar.

Ya no puedo dormir. Ya no puedo vivir. 
Los fantasmas de los pobres trastornados, encadenados en sus celdas, atravesados por los rayos, sacudiéndose en alaridos y clamando piedad, me atormentan.


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  1. Publicado en Lluvia de arañas, Macedonia Ediciones, Argentina, 2016, página 24/25.

    EL HORROR DE NARRENTURM

    –Cinco pisos, ciento treinta y nueve celdas, rejas y cadenas para recluir y separar a los enfermos mentales de los humanos normales y sanos –relata el guía, mientras recorremos La torre de los locos de Viena.
    Era un hospicio y se recicló; ahora es un museo. Un testimonio de segregación, estigmatización y criminalización.
    –¿Sabían que Narrenturm tenía un pararrayos en el tejado porque los locos internados requerían grandes dosis de descargas eléctricas para sus tratamientos? Pocos conocen ese dato –comenta, con naturalidad ominosa.
    Recorro, como un autómata, las vitrinas llenas de deformidades, frascos con seres extraños pseudo-humanos, esqueletos retorcidos, pústulas conservadas en formol, tripas con cánceres, cadáveres abiertos, trozos de cuerpos, pedazos de rostros, cráneos gigantes, pinturas retratando horrores, fotografías y reproducciones de cera de vulvas monstruosas, penes abominables, bebés cuasi-extraterrestres. Escalofriante.
    –Hay unos cincuenta mil objetos, es el museo patológico más grande y más antiguo del mundo –agrega. Percibo orgullo en sus palabras. Me pregunto si Lovecraft habrá conocido este lugar tenebroso.
    Esa noche, en el hotel, no puedo conciliar el sueño. Los fantasmas de los pobres trastornados atravesados por los rayos, sacudiéndose en alaridos y clamando piedad, me atormentan. Temo dormirme y despertar loco, encadenado en una de esas celdas letales.

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