domingo, 12 de abril de 2015

100 - EL PODER SUPERIOR DE LA GENTE PEQUEÑA



Al principio éramos pocos y nuestra ciudad, pequeña. Tan diminuta como lo éramos nosotros, sus habitantes.
Empresa capitalista, parque temático, democracia, reino o imperio, éramos una curiosidad cuestionada, sin embargo fuimos capaces de organizarnos repartiendo tareas y funciones, cada cual según su capacidad y su agrado. Aprovechamos las habilidades personales, usufructuamos con inteligencia los avances tecnológicos y adaptamos la arquitectura a nuestra estatura liliputiense. Nos divertíamos haciendo reír a los turistas y les cobrábamos por ello, y luego al terminar la función, hacíamos nuestra vida social, familiar y de estudios, manteniendo entre todos la ciudad limpia y ordenada. Producíamos nuestros propios vegetales y hortalizas, y comprábamos lo que no cultivábamos. Vendíamos nuestro arte y artesanías. Más allá de las modas, nos vestíamos con absoluta libertad de hada o de caballero, de duende o de músico pop, de monje budista o de príncipe.
Con el paso de los años, comenzamos a extendernos.
Llegaba gente pequeña de otros países, alentada por la posibilidad de vivir una vida cómoda, entre pares, lejos de la discriminación y los malos trabajos peor pagados.
Nos expandimos. Generábamos recursos suficientes para ello. Evolucionamos social y políticamente.
Eso fue hace muchos siglos. La metamorfosis orgánica de la especie humana se fue dando de manera lenta y llegó el momento en que superamos en número a la gente alta, en consecuencia nuestras ciudades tejieron tramas de alianzas, se convirtieron en estados y los estados se asociaron entre sí en paz y armonía.
La gente alta sobreviviente, dispersa en el planeta, tendió a agruparse y a medida que eran menos y menos, se concentraron en pequeñas ciudades. Algunas pocas aún perduran, pero creemos que terminarán reuniéndose en sólo una, hasta, tal vez, desaparecer. Y con ellos se esfumarán para siempre la discriminación, la explotación y las guerras de la faz de la Tierra.




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