
A medida que fueron despidiendo personal, se repartieron las horas de trabajo y la torta salarial.
Pero eso generó altos niveles de agotamiento físico y mental y, en consecuencia, enfermedades, muertes "naturales", renuncias y suicidios. La planta de trabajadores se fue reduciendo de manera veloz y geométrica.
De alguna manera, uno de ellos se las arregló para continuar haciendo su tarea, ya que era nula de toda nulidad y ni siquiera figuraba en el organigrama.
Pasaba desapercibido.
Sin embargo, fue muy hábil: entendió el mecanismo de la burocracia interna y, ocupando espacios que iban siendo vaciados, su firma se convirtió en imprescindible.
Al final, sólo quedó él, en la inmensa fábrica vacía. Cobraba puntualmente un suculento cheque cada mes, qué él mismo se transfería desde la partida enviada por el Estado.
Cuando se aburría de estar sentado en su escritorio caminaba por los deshabitados pasillos, silbando una melodía triunfalista.
Publicado en Lluvia de arañas, Macedonia Ediciones, Argentina, 2016, página 63.
ResponderEliminarEL LIQUIDADOR
En la fábrica fueron despidiendo personal y se repartieron las horas de trabajo y la torta salarial. Eso generó altos niveles de agotamiento físico y mental y, en consecuencia, enfermedades, muertes naturales, renuncias y suicidios. La planta de trabajadores se fue reduciendo de manera veloz.
De alguna forma, uno de ellos se las arregló para continuar haciendo su tarea, ya que era nula de toda nulidad. Pasaba desapercibido. Sin embargo, fue muy hábil: entendió el mecanismo de la burocracia interna y, ocupando puestos a medida que iban siendo vaciados, su firma se convirtió en imprescindible.
Al final, sólo quedó él, en la inmensa fábrica vacía. Cobraba puntualmente un suculento cheque cada mes, que él mismo se transfería desde la cuenta de la liquidación de la empresa.
Cuando se aburría de estar sentado en su escritorio gerencial, caminaba por los deshabitados pasillos, silbando una melodía triunfalista.