
Luego de la explosión, una nube rojiza emergió de la fábrica y se diseminó, turbulenta y amenazadora, por el cielo. Los vientos arrastraron su carga tóxica kilómetros a la redonda y sembraron el pánico entre los desolados habitantes.
El rojo se hizo naranja y el naranja, amarillo. La irritación cerró gargantas, estropeó ojos y corrompió narices.
El aire se expandió por todos los intersticios, grietas y hendiduras, taladrando órganos y exacerbando sensibilidades.
El planeta azul verdoso, pronto, se convirtió en fruta cítrica, ácida y cálida, más mortal que manzana envenenada.
Desde grandes distancias, se parecía al sol.
Al cadáver de un sol.
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