Ratas, ratas, inmundas ratas... ¿Qué tenian que hacer las ratas acá, en nuestra isla? Vinieron escondidas en los barcos humanos y se quedaron, invadiendo nuestras tierras, comiéndose nuestro alimentos, incluso nuestros huevos y pequeñas crías.
Tuvimos que escondernos y hacernos las extintas para que al fin las erradicaran. Las más viejas hicieron guardia, total, tiempo nos sobraba. ¿Diez, viente, cien años? Decidimos esperar y esperar, hasta que no quedara ni una miserable rata en nuestro territorio.
Lo debatimos y lo votamos por unanimidad: "Las trajeron, se las llevan" "Con ratas no hay tortugas".
Trataron de hacernos trampa, se llevaban algunas, las hacían reproducirse en cautiverio, y después las soltaban acá. Pero no somos tontas, no. Ellas apenas al llegar nos contaban sus planes y las escondíamos para que creyeran que no habían sobrevivido al cambio. Trataban de corregir el error de sus antecesores, pero no señor, queríamos soluciones de fondo, no parches.
Y finalmente, un día el mensaje, transmitido de mente a mente, nos llegó: ¡ya no había más ratas en la isla! Fue una fiesta, pataleamos fuerte, rechinamos nuestros picos, golpeamos nuestros caparazones los unos con las otras, nativas y nacidas en cautiverio, y engendramos una nueva generación de turtuguitas libres de amenaza rateril.
A ver si aprenden de una vez por todas que el ambiente natural no debe ser alterado.
Si nos extinguíamos, nos extinguíamos. Qué tanto. Pero traer nuestros hijitos a un mundo poblado de ratas, jamás.
Además, ahora, gracias a las traídas del continente, sabemos cómo llegar a su mundo... Esperamos que no sea necesario, porque somos pacíficas y nos encanta nuestra islita.
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