
En mis viajes exploratorios por el Universo arribé a un planeta
minúsculo, luego de atravesar una enmarañada y densa trama de pequeños
asteroides.
Cual si fuera un erizo de metal, vidrio y cemento, los rascacielos se
alzaban en toda la superficie.
“Extrajimos de sus entrañas todo lo útil”, explicaron.
“Lo redujimos a su mínima expresión”, agregaron.
Adoraban al único árbol.
Cuando nacía un niño, un voluntario dejaba su lugar en el planeta: trepaba
hasta la rama más alta y se soltaba. Los cuerpos permanecían orbitando.
Cuando partí presté más atención a los asteroides y pude ver algunos
rostros.
Sonreían.
Una necrópolis cósmica y planetaria, donde la muerte es voluntaria y no totalmente negativa; por algo sonríen los asteroides ¿verdad?
ResponderEliminarEsa imagen del erizo de metal tiene mucha visualidad, Nanim.
Me gustó mucho este aporte tuyo al concurso mensual de la IM.
Cariños,
MAB
Gracias, había muchos buenos micros participando y me gustaban varios. Es estimulante e inspirador escribir a partir de una imagen.
EliminarPublicado en Lluvia de arañas, Macedonia Ediciones, 2016, página 11, con modificaciones.
ResponderEliminarNECRÓPOLIS
En mis viajes exploratorios por el cosmos, luego de atravesar una enmarañada y densa trama de pequeños asteroides alargados, arribé a un planeta minúsculo. Los rascacielos se alzaban en toda la superficie, cual si fuera un erizo de metal, vidrio y cemento. Solo un árbol, más alto que los edificios, alzaba su copa verdeazulada atravesando la atmósfera.
Les pregunté por qué su planeta era tan pequeño. “Extrajimos de sus entrañas todo lo útil”, explicaron. “Lo redujimos a su mínima expresión”, agregaron.
Me revelaron que, cuando nacía un niño, un voluntario trepaba hasta la punta del árbol y se soltaba. Los cuerpos de los sacrificados permanecían orbitando.
Cuando partí presté más atención a los oblongos asteroides y pude ver algunos rostros. Parecían máscaras tristes.