
Vivir en el limbo con los pies en la tierra es tan sencillo como nacer
en Nagorno Karabaj.
Mi país es un no-nacido, cuyo nombre no es reconocido por ninguna
nación del mundo; somos el hijo de nadie, el hermano paria, el bastardo de las
naciones.
Carecemos de pasaporte.
Los disparos nos indican cuál es el lado patria y cuál, el enemigo,
dibujando la frontera irregular con su rastro de edificios en ruinas donde juegan
los niños a las escondidas y a las escaramuzas, mientras las madres y los padres
pasan el tiempo en las menudencias de la vida y las demencias de la guerra.
Aquí la cuestión no es opcional, sino simultánea: es Ser y No ser.
Poder elegir no es parte de la ecuación.
Vivir en el limbo es, más bien, sobrevivir. Y yo sobrevivo en la palabra.
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