
El desierto de Nubia alguna vez, no fue desierto.
El Nilo extendía una curva amplia, nutritiva, a cuya vera creció un reino.
Tan olvidado está ese sitio que su mismo nombre se disuelve en los recovecos de las memorias de quienes intentan estudiarlo, y las palabras que lo describen se deshacen en arena y vuelan.
Sin embargo, unos viajeros se extraviaron y el único que sobrevivió ha venido a mí a atestiguar que existen las ruinas de doscientas pirámides, antiguos palacios, templos milenarios, las murallas de una vieja ciudad y una necrópolis con mil tumbas.
Ha podido tomar algunas fotos con una polaroid. Me las muestra. Con tremenda emoción de científico, las observo y admiro fascinado las líneas y las formas, apreso los colores y las siluetas de las estatuas talladas, me esfuerzo en calcular a ojo los ángulos y proporciones de las pirámides.
Cuando levanto la vista, el viajero ha desaparecido.
Mis manos sostienen la nada.
Casi sabiendo lo que (no) veré, me observo en el espejo y ya no estoy.
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