domingo, 10 de mayo de 2015

126 - MEROE, EL REINO QUE NO QUIERE SER RECORDADO




El desierto de Nubia alguna vez, no fue desierto.
El Nilo extendía una curva amplia, nutritiva, a cuya vera creció un reino. 
Tan olvidado está ese sitio que su mismo nombre se disuelve en los recovecos de las memorias de quienes intentan estudiarlo y las palabras que lo describen se deshacen en arena y vuelan.
Sin embargo, unos viajeros se extraviaron y el único que sobrevivió ha venido a mí a atestiguar que existen las ruinas de unas doscientas pirámides, antiguos palacios, templos milenarios, las murallas de una vieja ciudad y una necrópolis con mil tumbas. 
Ha podido tomar algunas fotos con una polaroid. Me las muestra. Con tremenda emoción de científico, las observo y admiro fascinado las líneas y las formas, aprecio los colores y las siluetas de las estatuas talladas, me esfuerzo en calcular a ojo los ángulos y proporciones de las pirámides. 
Cuando levanto la vista, el viajero ha desaparecido.
Mis manos sostienen la nada.
Casi sabiendo lo que (no) veré, me observo en el espejo y ya no estoy.



1 comentario:

  1. Publicado en Lluvia de arañas, Macedonia Ediciones, Argentina, 2016, página 45.

    MEROË, EL REINO QUE SE NIEGA A SER RECORDADO

    El desierto de Nubia alguna vez no fue un páramo. Extendía el Nilo una curva amplia y nutritiva a cuya vera creció un reino.
    Tan olvidado está ese sitio que su mismo nombre se disuelve en los recovecos de las memorias de quienes intentan estudiarlo y las palabras para describirlo se deshacen en arena y viento.
    Sin embargo, unos viajeros se extraviaron y el único sobreviviente ha venido a mí a atestiguar la existencia de las ruinas de una antigua ciudad amurallada, cientos de pirámides, palacios con sus tesoros intactos, templos milenarios en honor a dioses ignotos y una necrópolis con mil tumbas de muertos cuyos nombres están tallados en un lenguaje desconocido.
    Me muestra algunas fotos tomadas con una polaroid. Las analizo con tremenda emoción de científico e historiador y admiro fascinado las líneas y formas estrafalarias, aprecio los colores y las siluetas de las estatuas majestuosas, me esfuerzo en calcular a ojo los ángulos improbables y las proporciones de las estructuras.
    Cuando levanto la vista, el viajero ha desaparecido.
    Mis manos sostienen la nada.
    Casi sabiendo lo que (no) veré, me observo en el espejo y ya no estoy.

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