Hubo un tiempo en el que las invasiones se hacían con soldados y cañones. Luego, tanques y misiles eran la avanzada y detrás de ellos venía la tropa. Asegurado el territorio, esclavizada, destruida o desplazada la población local, llegaban los civiles y sus familias a establecerse. Se imponía la nueva cultura a la fuerza, la religión triunfante se incrustaba en la antigua.
Hubo un tiempo en el que cuando los gobernantes de un país no toleraban oposición, los "enemigos" eran perseguidos, asesinados, encarcelados. Las fronteras se cerraban y era casi imposible emigrar para salvar la vida.
Ya no es así. Los gobiernos dejan ir a los opositores y con ellos se aseguran que permanezcan en el territorio sólo sus adeptos y los indiferentes. Si no tienen ni quieren garantizar una vida digna a sus habitantes y prefieren enriquecerse, expulsan en masa a las poblaciones hacia los territorios vecinos. Si muchos mueren en el camino, no importa. Dentro de esa multitud se esconden soldados del régimen, listos para actuar cuando llegue la orden.
Los pobres y desvalidos migrantes son recibidos con los brazos abiertos, despiertan compasión y piedad. Y los países receptores son respetuosos, no los obligan a dejar atrás la cultura opresiva ni la religión extremista de la que huyen. Y, poco a poco, el reemplazo poblacional se produce: los migrantes son más que los locales, su religión se impone, su cultura prevalece. Y todo eso, sostenido económicamente por los mismos pobladores originales.
De ambos lados, hay aliados que conocen la trama, la sostienen, y se hacen millonarios y poderosos. Eso es lo único que no ha cambiado entre las antiguas y las nuevas invasiones.


