Nos dijeron que el eclipse duraría un minuto. Nos preparamos, entusiasmados. Buscamos un lugar sin obstáculos y adquirimos las gafas adecuadas.
Cuando llegó el momento, expectantes, observamos a la luna interponiéndose frente al sol hasta que se formó un halo perfecto que cubría su luz y la oscuridad se extendió sobre nosotros.
Contábamos los segundos del milagro.
Pero lo imprevisible ocurrió: el satélite continuó obstruyendo a nuestra estrella. Pasaron los minutos, las horas y los días.
Los científicos no han hallado explicación. Nosotros nos aburrimos. Es incómodo andar todo el tiempo con gafas oscuras y vivir en esta penumbra constante nos ha vuelto melancólicos.
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