
Las ballenas boreales (Balaena mysticetus) son seres
maravillosos capaces de vivir 200 años o más sin padecer afecciones ni
deterioros orgánicos. Los mares se habrían superpoblado de ellas si no fuera
por la pesca indiscriminada, que las llevó al borde de la extinción. Enormes e
inteligentes mamíferos, capaces de comunicarse entre sí mediante cantos y de
viajar enormes distancias por los océanos, llegan a medir 18 metros de largo y pesar
90.000 kilos.
Con la premisa –falaz– de luchar contra las enfermedades que
afectan a los seres humanos, particularmente el cáncer y los síntomas del
envejecimiento, se inyectaron células de
esa especie en ratones de laboratorio. Pero hubo una falla y algunos ejemplares
escaparon y mutaron desviándose de las previsiones.
Esa es la razón de la aparición de gigantescos y saludables
roedores, que se multiplicaron de manera exponencial invadiendo el planeta.
Lo peor no es soportar que nos pinchen, inyecten, corten en
pedazos, desuellen, fecunden, amputen y hagan con nosotros todo tipo de horrores.
Lo más nefasto es escucharlos día y noche cantando con sus voces agudas y
penetrantes en su idioma ininteligible para nuestras pequeñas y humanas mentes,
obligados como estamos, encerrados en nuestras jaulitas de experimentación.
Tanto es así que llegamos a agradecer tener, aún, vidas tan
breves, y rogamos no nos hagan inmortales.
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