
Cuando el portaaviones pasó debajo del arcoiris, del otro lado, la tormenta había desaparecido.
Todo el barco, su armamento, y el personal a bordo se convirtieron en juguetes de plástico.
En su rigidez absoluta e inevitable, el capitán fue consciente del hecho: él, sus oficiales y marineros pemanecían allí donde estaban al momento de traspasar el arco de colores, en la misma posición en que se hallaban.
Desde entonces, filosofa sobre esas extrañas circunstancias, la libertad, el libre albedrío y la influencia de los fenómenos meteorológicos en la ilógica humana.
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