Nosotros, los que ustedes llaman pulpos, octópodos o moluscos cefalópodos octopodiformes, no llegamos por causalidad en meteoritos. Nuestras minúsculas naves, camuflajeadas en las rocas, se esparcieron por el espacio buscando planetas apropiados para desarrollarnos. Trajimos todo lo necesario para crear vida. Sólo hacía falta que hubiera agua, y aquí la había. Durante más de cincuenta millones de años, fuimos los gestores de la multiplicación de especies.
Lo que no pudimos prever fue la extinción de los dinosaurios. Como efecto secundario, e indeseado, logró desarrollarse una especie bípeda: los humanos.
Ambas especies somos incompatibles. Somos más inteligentes que ustedes, pero nos superan en fuerza y habilidad de utilizar herramientas y, además, pueden vivir en agua, aire y tierra y adaptarse a todo tipo de clima. Lo peor es que nos consideran comestibles y nos cazan para alimentarse.
Hemos debido sobrevivir, ocultándonos en las profundidades y utilizando nuestras técnicas para mimetizarnos con el fondo marino. Pero no es suficiente, muchos de nosotros, cada día, somos atrapados y asesinados.
No tenemos contacto con nuestro planeta madre, ni tampoco con las otras naves. Albergamos la esperanza de que muchas de ellas hayan conseguido habitar en planetas donde no padezcan de depredadores.
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