Todo en derredor se destruye, demuele, muere, se estruja en amalgama fatal.
Lo previsible ocurre. Lo inesperado, pasa.
Ya lo dijeron los abuelos, y los abuelos de los abuelos, y la historia y la ciencia lo confirman: los valles son producto de movimientos sísmicos que construyeron montañas, de glaciaciones y deslaves que arrastraron escombros y socavaron por milenos, creando surcos profundos, fértiles, ecosistemas frágiles y vulnerables. Habitar allí es exponerse al riesgo.
La naturaleza no es compasiva, ni posee maldad. La naturaleza, es.
La única casa que permaneció en pie, es casi, casi, un milagro. Sus cimientos aún tiemblan de pavor, sus muros lastimados sangran. Sus balcones observan desolación irrevocable. Siente culpa.
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