Luego de que el rayo impactó en nuestro avión, nada fue igual. Nuestras identidades se mezclaron. Niños, hombres, mujeres, ancianos, nos encontramos dentro de cuerpos que no nos pertenecían. La confusión era total. Unos gritaban buscando un familiar, otros lloraban, algunos padecían ataques de pánico. Una de las azafatas estaba en el cuerpo de una niña, la otra era ahora un señor obeso que apenas podía tenerse en pie. Lo más grave fue la situación del piloto y copiloto, cuyas personalidades encarnaron en las últimas filas del avión, en una señora con gafas y un adolescente de cabello rojo y tuvieron que recorrer el pasillo en medio del caos. De la cabina salieron sus cuerpos habitados por un par de niños asustados que clamaban por sus madres.
Aterrizaron sin inconvenientes, en medio del aplauso masivo de todos los pasajeros.
Por las ventanillas vemos un aeropuerto con estructura futurista y un grupo de personas con armaduras metálicas y armas nos rodea. Nosotros no tenemos manera de explicar lo que sucedió, y esperamos que ellos puedan hacerlo.




