La ley así lo establecía, y lo sabíamos: gestábamos, paríamos, pero el bebé que nos llevábamos a casa no era el "nuestro". No nos permitían verlo, ni tocarlo, ni nos informaban su sexo. Decían que era por nuestro propio bien, que era lo más beneficioso para la sociedad, favorecía la evolución, fortalecía el entrecruzamiento genético y evitaba los privilegios y desventajas. La "Ley del equilibrio", la llamaban.
Pero yo no estaba de acuerdo. Mi pareja, tampoco. Por eso, tomamos una decisión drástica: enfrentaremos dificultades y riesgos, porque la única manera de evadir esa ley era salirse del sistema, huyendo.
Ocultamos mi estado de gestación, nos preparamos, estudiamos cómo hacer un parto casero, reunimos provisiones.
Hoy, nos fuimos. Estamos de camino hacia la montaña, a un paraje aislado, inhabitado. No llevamos ningún elemento tecnológico que pudiera servir para ubicarnos. Nunca nos habíamos sentido tan felices. Nuestro hijo será nuestro, sólo nuestro.
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