Cuando despertaba, estabas allí, acariciando mi rostro con tu patita. Compartíamos el desayuno. Me despedías cuando me iba a trabajar y me recibías alborozado al regresar a casa. Yo agradecía que hubieras cuidado nuestro hogar durante mi ausencia.
Salíamos juntos a correr por las sendas, nunca te opusiste a ir conmigo de vacaciones y descubrimos paisajes memorables. De hecho, apareces en casi todas mis fotografías de viajes.
Amabas nadar a mi lado, aprendiste a surfear. También gozabas deslizándote en la nieve, aunque lo que más te gustaba era revolcarte en ella. No le ladrabas ni espantabas a los animales, salvo esa vez que te plantaste delante de mí, gruñiste y mostraste los dientes, cuando a la distancia apareció un puma. Por suerte se alejó y no tuviste que defenderme.
Eras paciente y respetuoso, aguardabas que preparara y sirviera tu alimento, te acomodabas cerca de mí sin incomodarme, pero atento a mis movimientos. Y fuiste el testigo constante de mis horas de escritura y el primer oyente de mis cuentos. Por la forma en que me mirabas y movías las orejas cuando te leía en voz alta, me daba cuenta de si era un texto bueno o malo.
Había humanos valiosos en mi vida: mis padres, mis hermanos, mis amigos, algunas novias. Cada vínculo que establecieron contigo fue diferente, porque no te relacionaste con todos ellos de la misma manera. No pude sostener mi noviazgo con Sara porque ambos se rechazaban. No entendí por qué hasta que un tiempo después de dejarla salió en los diarios: era una estafadora.
En mis momentos de más felicidad, tú celebrabas. Y en los de tristeza, enojo o angustia, me contenías y consolabas.
Por todo eso duele tanto tu partida de este plano físico. Sé que tu presencia espiritual será constante, y creeré verte en todos los sitios que transitamos. Será difícil no encontrar tu abrazo de cada mañana, no acariciar tu lomo cada noche...
Aún no sé qué hacer con tus restos...
https://www.instagram.com/reel/DbrSkj6OTns/?igsh=MTIyeGQ4azdzN3Rmbw==

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