Como dormidos, los libros permanecen durante años, siglos y hasta milenios en cajas, baúles y estantes de bibliotecas. Acumulan ácaros, sus páginas se humedecen, o se deshacen en polvo. Algunos, hieden. Gran parte de ellos con cierta frecuencia acaba en basurales y su papel vuelve a la tierra, las palabras se desvanecen. Otros, encienden fuegos y vuelan en cenizas y llamaradas.
Hay libros que jamás fueron leídos, sólo por su propio autor y el editor. Otros, tuvieron su momento vital pero quienes los leyeron, ya no existen y el texto se ha perdido en la desmemoria. Apenas figuran en catálogos obsoletos, se extravían en mudanzas. Los libros científicos, en gran medida, han sido contradichos o superados en investigaciones y publicaciones posteriores. Filosofías que ya a nadie representan, lenguas sin hablantes, religiones obsoletas, historias familiares sin herederos, registros comerciales, leyes derogadas, recetas de cocina, cuentos aburridos, reescrituras de escrituras de escrituras, malos plagios, poesías sutiles de rimas en desuso, cancioneros de cantos ya olvidados...
Una máquina los escanea, guarda en el éter su contenido y luego, los tritura.
Lo que yacía en la sombra, ignoto e inútil, ahora está disponible para millones.
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